Etapa 6: Grandas de Salime – O Padrón

kilómetros

m. ascensión acumulada

duración

Todos somos viajeros en el desierto de este mundo.

Robert Louis Stevenson

Es el último día de camino asturiano. A partir de hoy, todo será más plano, menos montañoso. Quizás, quien sabe, más aburrido. O puede que no. Desayunando en el bar de Grandas, algunos peregrinos, las más impuntuales, nos quedamos a mirar la predicción meteorológica que están dando por la tele. Se esperan lluvias para los próximos días. El veranillo de San Miguel ha durado pocos días; las mañanas son frías y húmedas. El dolor de los pies, la primera hora del día, es insoportable. Soy de los últimos en marchar del bar, a las ocho y media de la mañana.
Salida del sol en Grandas de Salime

La cosa va de fotos

Los días, en Asturias, comienzan oscuros. Si nos guiamos por el sol (no tiene mucho sentido no hacerlo), entre Asturias y Cataluña hay casi una hora menos. Y se nota. Contrasta la luz de las fotos que me envía por whatsapp a primera hora de la mañana mi padre, con la oscuridad que me rodea mientras las miro. Hace días que empezamos a caminar con niebla. Afortunadamente. El espectáculo de ver salir el sol sobre los valles asturianos llenos de niebla es magnífico.

Agata ha comenzado a caminar más tarde que yo, y me ha atrapado mientras me entretenía haciendo fotos. Hoy ha decidido caminar sola; comenzó el camino como viaje introspectivo, pero siempre ha ido encontrando gente por el camino. Supongo que si eres rubia, alta, y tienes los ojos azules, es complicado viajar sola. Incluso haciendo el Camino de Santiago. Nos hemos despedido y he seguido haciendo fotos, que hoy costaba calentar los pies.

 

Una ninja en mitad del bosque

Y la verdad, es que ha costado mucho. No me planteo descansar, y mucho menos abandonar, pero como la cosa siga así, creo que batiré el récord de lentitud haciendo el Camino. Hoy, cualquier excusa ha sido buena para parar. Unas máquinas de catering en una cabaña, en la salida de un pueblo, han sido una buena excusa para hacer un café y comer un KitKat. Estaba muy bien, plantado y quieto allí…

Haciendo este pseudodescanso me han adelantado dos chicas que había avanzado hacía nada. Nos habíamos medio cruzado ayer, bajando la presa; ellas entraban en un edificio cuando yo pasaba por allí. Eran fáciles de recordar porque llevaban, las dos, un buen moño sobre la cabeza. En un camino poco transitado como el Camino Primitivo, y después ya de seis días, era difícil encontrarse gente desconocida. 

Self-catering de lujo

Más adelante he vuelto a parar. Esto de caminar sin desayunar no era una muy buena idea, así que cuando he encontrado un self-catering de lujo, he parado. Lo habéis leído bien: de lujo. Las máquinas, aparte de los Kitkats y los Lions habituales, tenían sandwich, macarrones congelados, chocolate caliente… ¡Todo un festín de calorías! También había un par de microondas, para poder calentar los macarrones. Todo ello, en una especie de bungalow de madera, con mesas y sillas para sentarse. Un encanto, en mitad de una nada rota solo por las granjas bovinas semi-abandonadas. Era, justamente, lo que necesitaba.

Lloverá

Así que me he entablado, como un señor. Me he tomado un sandwich de salmón. Mi intención era coger el de al lado, que era de jamón dulce y queso, pero en algún momento he confundido algún número, y me he acabado comprando lo que no quería. No es la primera vez que me pasa, ni será la última. Cuanto mayor me hago, peor me relaciono con las máquinas. Acabaré ludista. Por suerte, no ha sido catastrófico: me gusta el salmón. De las 4 o 5 variedades de bocadillos que había, solo me gustaban estos dos. Pues eso, que me he sentado, con un bocadillo de salmón que había caído por error, y una coca-cola que esperaba que me resucitara. Y chocolate, claro.

Llegando a Galicia

Y sí, las guarradas me han resucitado y me han permitido seguir caminando con cierta normalidad. Sin darme cuenta, y eso que la subidita es considerable, he llegado a Galicia, y lo primero en que he pensado ha sido con la recomendación de Cris de Bodenaya sobre parar en Fonsagrada y comer pulpo; no tenía la fama del de Melide, pero era igual de bueno.

Entrando en Galicia
Polbo a feria

Lo segundo ha sido que, para hacer la foto, no he tenido que quitarme los guantes, ya que los llevaba colgados de la correa que liga la mochila en la barriga. Y me he dado cuenta de que, de los dos guantes que había colgado, ya solo quedaba uno. La pena que he sentido por perder un guante… Le tenía mucho cariño a aquellos guantes, también. Los había llevado haciendo el West Highland Way, y siendo rojos como eran, me iban a juego con los pantalones y las botas. Y la chaqueta. Y el polar. Me gusta el rojo.

Con un único objetivo entre ceja y ceja, que comenzaba con pul, y acababa con po, he ido bajando hasta Fonsagrada. Justo al empezar la subidita que hay antes de entrar en el pueblo, me ha cogido, de nuevo, Agata. Y me ha dicho que tenía algo para mí que me gustaría mucho: ¡mi guante! También me ha dicho que en Fonsagrada nos esperaban Leoni, el de Mallorca y el de Valencia, para ir a comer..

Polbo a feira y Padrón

Media hora después, se me hacía la boca agua.

Con la barriga llena de polbo a feira, hemos ido a una farmacia vintage, que ya no me quedaban gasas, y a comprar ingredientes para la cena que me tocaba cocinar a mí, y hemos tirado, con Leoni y Agata, hasta O Padrón. Los otros se quedaban en Fonsagrada. 

Llegar a Padrón ha sido un momento, y después de que el hospitalero me explicara como rescató, hace años, cuando el Primitivo era un camino casi abandonado, un canadiense perdido por culpa de una tormenta de nieve, nos ha dado por hacer sesión de fotos idiotas. ¡Qué bien se siente uno después de un buen rato de risas, aunque sean sin sentido!

tonteando

La rutina, sin embargo, manda. Y tocaba curarse los pies antes y dejarlos al sol un ratito. Mientras estaba en este estado contemplativo, he conocido un grupo de peregrinos con quien habíamos compartido restaurante en Fonsagrada y ahora albergue en Padrón: eran tres mujeres asturianas y el marido de una de ellas. Ellas estaban sorpresas que pudiera caminar tal como tenía los pies, y él había hecho el Camino Primitivo once veces, y nueve otros caminos. Era minero, y las prejubilaciones de los noventa lo pillaron joven y con ganas de caminar. Estaban esperando un taxi para ir a cenar en Padrón, que no ha tardado en llegar. Se han ido, y el sol también.

Volviendo hacia dentro del albergue, con la ropa semi-limpia y semiseca, he visto una de las dos chicas del moño en la cabeza. Era Carme, mallorquina, de 26 años, y farmacéutica. Su color preferido es el verde. Tiene los ojos azules, y desprende dulzura y simpatía.

Carme, peregrina del Camino Primitivo

S’horabaixa

Hacía muchos días que no hablaba en catalán tanto rato. La otra chica del moño, Neus, es su hermana, más pequeña. Se ha quedado en Fonsagrada, y mañana vuelve a Barcelona, que le empieza el curso universitario. La he invitado a la cena mini-comunitaria (éramos cuatro), pero ha declinado la oferta.

Los macarrones con bacon y crema de leche (a la carbonara, que llamamos aquí) nunca fallan. Si quieres quedar bien, es el as en la manga ganador. Personalmente, nunca me han fallado, desde la primera vez que, en un albergue escocés, quedamos como unos Ferran Adrià mochileros. Pese a no tener pimienta ni nuez moscada, han quedado muy buenos. La troupe asturiana han quedado entusiasmados del olor de la comida, y Carme, finalmente, se ha apuntado a la cena.

Después de un plato roto y de unos consejos de alguien que se conoce el Primitivo a la perfección, he tirado hacia la camilla taraleando Antònia Font. Culpa de Carme, de sus horabaixes (palabra que en el catalán de mallorca significa tarde) y de su alegría.

Galería fotográfica

La ruta

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