Etapa 8: Castroverde – Lugo

kilómetros

m. ascensión acumulada

duración

Un viaje de mil kilómetros comienza con un solo paso.

Lao Tzu

Llueve. Finalmente ha llegado la lluvia.

Después de unos días escuchando, mientras tomaba el café en el bar de alguno de los pueblos por donde transcurre el Camino primitivo, que el hombre del tiempo anunciaba agua, ha hecho acto de presencia. Los más dormilones nos hemos despertado con el ruido de los impermeables y los chubasqueros de los más madrugadores. Después de pillar lluvias semi-torrenciales en el West Highland Way, me he propuesto llegar seco al final de etapa, que estos días en Lugo son Fiestas, y tocará mudarse.

Fiestas en Lugo

Así pues, ha tocado ponerse el goretex, la funda impermeable para los pantalones, y venga, a caminar de nuevo, que en Lugo falta gente.

Caminando bajo la lluvia

La arrancada, como viene siendo habitual, ha sido nefasta: lenta y dolorosa. Además, con Víctor, con quien hemos caminado un rato juntos al principio, nos hemos equivocado de camino, y hemos hecho dos kilómetros más. Afortunadamente, en ese momento la lluvia era un sirimiri casi imperceptible.

Al cabo de un rato, y cuando ya caminaba solo, he parado a otro de estos vendings de lujo que tanto abundan por el camino, aunque no en el primitivo. Hay momentos en que cualquier excusa es buena para parar, sobre todo en días de cielos grises y lluvia ininterrumpida.

Casa antes de Lugo, en el camino primitivo

Creo que si algún día hago el camino francés, haré una guía de los mejores vendings del camino de Santiago. En lugar de estrellas pondré vieiras, y cuanto más vieiras, más comodidades y más variedad de comida: microondas, pasta, bebidas calientes … Suerte que no tengo pensado hacer el francés.

Después de recuperar fuerzas, ha tocado seguir caminando. Básicamente, el camino consiste en esto: comer, caminar y dormir. No sé si hay vendings con hamacas o camillas o tumbonas donde poder hacer la siesta, pero no estaría mal. No es que lo necesitara, de hecho nunca hago siesta, pero no estaría mal para los vendings de cinco estrellas. De cinco vieiras, perdón.

Las murallas de Lugo

Pues eso, que como ya había comido y no me apetecía dormir, he seguido caminando. Poco antes de llegar a Lugo ha dejado de llover, y hemos entrado Carme, Víctor y yo, en la ciudad con las calles casi secas. Ha sido una lluvia indecisa, insípida, inofensiva, sin más historia, como la ruta de hoy. Lo importante era llegar pronto, y poder disfrutar de la primera ciudad del camino primitivo después de Oviedo. Además, el albergue municipal está dentro del centro histórico, así que ha sido perfecto.

Carme, peregrina del Camino Primitivo
Leonie, en el Camino Primitivo
Risas en Lugo

La primera vuelta por el caso antiguo la hemos dado buscando un lugar donde comer. Y aquí me ha salido esa vertiente mía tan hiperdesarrollada: el tiquismiquismo. No me apetecía oler a frito, y todos los locales que encontrábamos olían. Así que hemos terminado comiendo algo que nos han vendido como pizza en un banco, en una plaza bastante grande y céntrica que hay, lejos de malos olores de fritanga.

Como todos hacemos noche en Lugo, la tarde ha consistido en dar vueltas por Lugo con la gente que me iba encontrando. A comer y hacer el café hemos ido con Leonie, Carmen y Víctor. Luego, con Víctor y Javi hemos ido a tomar algo. En un concierto nos hemos encontrado con Germán, y en otro a Joan, que dormían en otro albergue. A quien no hemos visto ha sido a Enrique.

Enrique, peregrino en el Camino Primitivo

Argentino, escritor, ex-abogado, tiene 42 años y su color preferido es el rojo. Gracias a él probé el mate. Fue en Borres, cinco días antes, aunque parece que hiciera una eternidad. Ha publicado Desde la habitación del sur, Big Bang, Jauría y Bengalas.

A cenar y a dormir

He cenado con Víctor y Carme. Tapas, sin olor a frito. Y pulpo a feira, como ya os habéis imaginado. Después de cenar, Víctor, Leonie, Magdalena y Agata han salido de fiesta. A mí los pies no me lo permiten.

Me he tumbado en la camilla pronto, y me he puesto unos tapones que me ha dado Carme, en previsión de un super-roncador que ha llegado al atardecer. Me ha dicho que van muy bien. Me he dormido cantante para mí Déjame. La hemos oído en un callejón, la tocaba alguien, lenta y suave, mientras me transportaba quince años atrás, cuando tanto me gustaba, cuando la pinchaba a cambio de unos chupitos de tequila a cuenta de un grupito de Tarroja, cuando todo era fácil, divertido e infinito. A veces me pregunto cómo le debe ir a aquel Eduard. 

Galería fotográfica

La ruta

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